Un problema de integridad

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Como todo en la vida, al final, siempre, hay una cuestión de integridad. Aunque con frecuencia se pierda el rumbo y la tentación de culpar al primero que aparezca en algún escandalillo político, impostura o contradicción, sea casi irrefrenable, lo cierto es que, sin excepciones, en todos los casos encontraremos que la falta de integridad es la causa final (como diría un penalista) del desorden, de la polarización y de la futilidad de los encendidos debates sobre comidas con ministros, acusaciones constitucionales mal hechas, nepotismo descarado en algunas comunas populosas, demolición de casas narcos e, incluso, ahora último sobre la supuesta vida privada de las autoridades.

Si, es cierto, muchas veces es más fácil destruir que construir, agredir que dialogar, descalificar que razonar. Y en este baile de máscaras hay políticos que no tienen más prioridades que no sean la figuración de ellos mismos y la satisfacción de su ego narcisista. Esos para los que todo vale, como un reyezuelo de un partido político emergente que pidió información sobre el acompañamiento de la escolta de seguridad en las visitas privadas del Presidente.

La verdad es que es molesta tanta tontera y superficialidad juntos. Peleas arregladas, actuaciones dignas de una teleserie (por cierto, no del Oscar), vueltas de carnero, discursos con voces impostadas, todo lo cual sirve al más porro del curso de los expresidentes.

Personajillo ridículo este político de ambición inagotable. Nos tiene saturados de ejemplos pueriles, de simplificaciones arregladas para favorecerlo, de entrevistas pagadas hechas a su medida, de lugares comunes salpicados de medias verdades, que al mismo tiempo son medias mentiras.

Solo pensar en tenerlo nuevamente como candidato, porque quiere ser candidato, resulta insoportable.

Ya está bueno de sus encuestas arregladas, de su demostrada incapacidad para atender, abordar y resolver los problemas del país, como lo demostró especialmente en su segundo mandato.

Su gobierno fue un desastre. No supo mantener dentro de las reglas de un Estado Democrático la paz social y la seguridad de los ciudadanos.

Con tal de no tocar los abusos de algunas empresas, que fue la verdadera razón del 18 de Octubre de 2019, prefirió abrirse a un debate constitucional, sin brújula ni consensos mínimos.

Lo que Piñera defendió el 15 de noviembre de 2019, fecha del acuerdo político que dio origen al primer proceso constitucional, no fue el Estado de Derecho, ni trató de encontrar una solución constitucional a la crisis, sino que de desviar la atención de los defectos, inequidades, vacíos y arbitrariedades cometidas por algunos y amparadas por el modelo económico extremo neoliberal, hacia temas políticos, jurídicos e institucionales, debate del que recién acabamos de salir después de cuatro años agotadores.

¿Y que pasó con los abusos? Siguen ahí como siempre, descarados e inalterados.

Las AFP tiene hoy más poder que antes, y a la ecuatoriana, desafían al gobierno. Hasta hacen publicidad política.

Las ISAPRES cobraron de más y se quedaron con la plata y, cuando son sancionadas y obligadas a devolver, amenazan con quebrar. ¿Solución a este tema? Permitirles que suban los planes.

Para que seguir con las cuentas de la luz, con las reuniones privadas por la ley de pesca, etc.

Piñera es el emblema de toda esta decadencia. Pero también lo son los que se hacen los tontos.

Por eso es que decimos que hay una cuestión de integridad.