En el país de nunca jamás, donde nadie sabe nunca nada de nada, a veces se confunden policías con delincuentes, la práctica de la abogacía con el tráfico de influencias, los impresentables, que se llaman a si mismos demócratas, con los hipócritas, los incompetentes con los prudentes, la santidad con la sinvergüenzura y el aprovechamiento del poder para fines personales con la canonización de los muertos.
*Columna escrita por Juan Legal.
El país de nunca jamás instituyó la impunidad como ethos cultural.
Puro Chile infectado de corruptos, sin cielo azulado, ni campos de flores bordados, ni de cerca la copia feliz del edén.
Casi por desasimiento la sociedad ha ido transformando en letra muerta las reglas jurídicas. Hablamos sólo del derecho positivo porque las normas morales ya no le importan a nadie.
Es común el relativismo moral. Una cosa puede ser legal pero inmoral y como la moral es intrascendente todo está bien. Está permitido actuar de una manera inmoral. No pasa nada. Ahora bien, si la regla legal es muy exigente, simplemente no se cumple y tampoco pasa nada.
Eso se llama desuetudo, es decir, la falta de eficacia de una norma o un conjunto de normas porque nadie las cumple. Dicho de otra manera, derogación de la ley por la costumbre de vulnerarla. Entre otros casos esa es la justificación ilegal de la práctica habitual de filtrar información para que sean estériles las investigaciones judiciales. Para que sean como cachetadas de payasos. Frases famosas como “caiga quién caiga” “nos querellaremos contras los que resulten responsables” “sobre los culpables caerá todo el peso de la ley” resultan vacías, pueriles, mentirosas.
En esto de la impostura puede haber combinaciones y parcialidades. Me refiero al acatamiento parcial, que conduce a aplicar la ley solo en parte, lo que siempre es justificado por la creencia de que aplicarla con rigor es como matar a una mosca con un cañón. Son los prudentes, los que se dejan orejear, los nuevos fariseos.
Es algo así como los que dicen ser cristianos a su manera, que significa acatar y cumplir solo aquello que me gusta y/o me conviene. Acá hay demócratas a su manera, policías a su manera, jueces a su manera, funcionarios de Contraloría que no encuentran nada de malo ni poco estético en participar en viajes, comidas o reuniones sin ley de lobby con políticos, abogados, empresarios, estafadores y ladrones.
Todo esto genera escándalos y muchos de los sacerdotes del templo rasgan vestiduras en una bien urdida danza de apareamiento con la mentira.
La prensa busca culpables, los cínicos piden que las instituciones funciones, a pesar de que hace tiempo que dejaron de funcionar de un modo justo, imparcial y probo.
Frente a este depresivo diagnóstico la pregunta es: ¿Qué hacer?
Podríamos partir por decir la verdad, depurar las instituciones y elegir gente decente que se sume a los correctos, a los justos, a los pacíficos, a los sabios, a los verdaderos patriotas. Da lo mismo si son de derecha, centro, izquierda o independientes.
Como dijo alguna vez Frei Montalva “una alta moral está pidiendo Chile.”