Gobernar contra las palabras

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El largo inventario de contradicciones e inconsistencias entre las palabras y las decisiones de Gobierno ha alcanzado niveles paroxísticos en Chile, dada la virulencia de las críticas que fueron emitidas hasta hace apenas un par de años.

Sin embargo, hay un aspecto contra el cual la nueva izquierda en el Gobierno ha tropezado una y otra vez, desde el presidente Boric hasta varios de sus ministros y subsecretarios: las palabras y las conductas que fueron proferidas cuando eran oposición al segundo Gobierno de Piñera. Periódicamente, las derechas recuerdan esas palabras para evidenciar la magnitud de las contradicciones que experimenta el Gobierno.

¿Cómo no recordar las críticas feroces a la policía por haber cometido violaciones a los derechos humanos durante el estallido social? Lo mismo se puede decir de la advertencia del diputado Boric cuando era candidato presidencial: “Señor Piñera, está avisado, se le va a perseguir por las graves violaciones a los DD.HH. cometidas bajo su mandato”. Lo irónico es que, en la actual crisis de seguridad, el propio general director de Carabineros ha expresado su gratitud al presidente por haber rápidamente solucionado varios problemas logísticos heredados de la anterior Administración.

Este largo inventario de contradicciones e inconsistencias entre las palabras y las decisiones de Gobierno ha alcanzado niveles paroxísticos en Chile, dada la virulencia de las críticas que fueron emitidas hasta hace apenas un par de años. Para ser justos, el problema lo enfrentan todos los gobiernos democráticos, aunque unos más que otros.

¿Qué significa gobernar? Pues bien, la unidad esencial de análisis es el lenguaje, dado que es través de él que el ejercicio del poder político y sus contra-poderes se comunican. Cuando el vínculo entre las palabras y la política real es inconsistente, ¿cómo sorprenderse que los chilenos queden desconcertados, moviéndose entre la desconfianza, la desafección y el descontento? Sin duda, estas tres D expresan el gran mal que aqueja a las democracias representativas, el malestar en la representación: recetas y balas de plata para enfrentar estas inconsistencias no existen. Solo se puede apelar a la conciencia reflexiva de los actores políticos cuando hablan como si no existiese un mañana, en la creencia de que las palabras se las lleva el viento, o que los pueblos tienen la memoria corta. Algo de verdad hay en esto, pero al mismo tiempo es importante no perder de vista que quienes habitan el pueblo tienen algo de memoria y, sobre todo, no son tontos.